What´s Up

¿Dónde estamos ahorita?

La noche del 10 de enero me fui a la cama antes de la medianoche. Un poco triste por asuntos personales, un poco abatido por malestares físicos. Dormí profundo y de corrido, y sé que puede leerse como una patraña pero soñé con David Bowie. Y antes de seguirlo narrando, debo aclarar que no fue una experiencia mística ni nada por el estilo. He tenido experiencias antes soñando con gente famosa (episodios que he contado a pocas personas porque son bastante vergonzosos), pero siempre se trata de situaciones absurdas y esta no fue la excepción.

Íbamos sentados juntos en el metro. Linea 2, dirección 4 caminos. Soñé que charlaba con un Bowie no tan viejo (aquél de la etapa Earthling, rubio pajoso con barbita oscura), le platicaba mis cosas y él las suyas, sin nada que tuviera un significado demasiado profundo. De repente, al arribar el tren a la estación Normal, la corriente de las vías fue cortada, porque, según nos decía la anónima voz que surge siempre por los altavoces, alguien intentaba suicidarse y hasta que no se solucionara el problema, nos íbamos a quedar ahí parados.

David no se veía molesto, con toda tranquilidad se levantó y me dijo “Tengo prisa, nos vemos luego”. Pero justo cuando me dio la espalda volteó hacia mi y me extendió una lonchera de metal. “Es para ti, cuídala”. Sonrió, abrió la puerta del tren con las manos y saltó fuera. Yo me quedaba ahí, sentado, viendo como alcanzaba a llegar a un andén lleno de gente conglomerada (quizá tratando de ayudar al suicida en potencia) para después perderse entre el tumulto. Recuerdo abrir la lonchera: Dentro había un sandwich en una bolsa de plástico transparente, un disco quemado (que era de canciones inéditas, eso no recuerdo si yo lo asumía o estaba escrito en el cd) y un papel con un mensaje que (chingao, eso es lo que odio de los sueños), no recuerdo que decía. Continué soñando otras cosas, pero ya formaban parte de otras historias.

A las 6:45 algo me despertó. No sé si coincidió que abrí los ojos y escuché el pitido de mi celular o el sonido me sacó de la penumbra, pero fue muy raro porque el celular siempre se queda lejos de mi cama. Me levanté por instinto a ver de qué se trataba. Era mi novia comunicándome la noticia: David Bowie estaba muerto. No respondí nada y me volví a acostar. No porque no pudiera creerlo, sino porque la coincidencia me estremecía. Me costó trabajo incorporarme. Lo primero que pensé fue: Desperté en otra era.

Busqué después mis primeros dos discos de Bowie: una dupla de compilaciones que EMI sacó en el 99. Mi padre me los regaló en el año 2000 (justo cuando entré a la secundaria). El primero, abarca del 69 al 74 (del Space Oddity al The Rise And Fall…), el segundo contiene temas del periodo 74-79 (de Diamond Dogs a Scary Monsters). Los escuché ambos, pensando en el día en que me los regaló mi padre, el hombre al que más envidio en la tierra porque pudo ver a la figura en vivo, y yo, pues nací demasiado tarde.

A partir de ahí he pasado el día recorriendo recuerdos y saltando de un lado a otro de su discografía. Caí en cuenta de que nunca voy a poder escribir un artículo biográfico de David Bowie, de esos que sirven para los datos duros. Siempre voy a acabar tropezando con mi propia historia al querer recorrer la del ídolo. Cuando encontré la cita a “Golden Years” leyendo Trainspotting y soñaba con tener un cuarto lleno de discos. Cuando se me erizó la piel de la emoción al ver un video de Damon Albarn y David cantando “Fashion” y me quise hacer una playera que dijera “Goon Squad”. Cuando me dió miedo de chamaco que mi papá pusiera Low, por sus tenebrosas piezas instrumentales (y dormía con la luz encendida porque me acordaba de la música en la noche). ¿Cuántas amistades hice en mi adolescencia por David Bowie? ¿Cuántas conversaciones con gente mayor que admiro y estimo tuvieron por tópico al artista? ¿Cuántas veces me ha acompañado cuando viajo, cuando dibujo?

Se nos están acabando los ídolos, qué bueno y qué malo. Dejaremos de seguir a otros para ver hacia adelante con ojos propios.

Luego pensé en The Next Day, donde parece decirnos que ya no quería ser el héroe de nadie, que si bien habíamos aprendido a abrazar el cambio gracias a sus lecciones, no debemos apretarlo demasiado, porque un nuevo día siempre llega a suplir al viejo. Aunque nada nos preparó para Black Star, un disco de verdad estremecedor, triste y que es por fin, la revelación del truco. David siempre jugó con su público: cuando no se adelantaba a una corriente musical, se adelantaba a una estética, a una tendencia o a los giros de las circunstancias, como en esta, su jugada maestra. Nos lo dijo de una manera hermosa, convirtiendo su muerte en una obra de arte y regalándonosla. No deja de ser tétrica, pero para volver fascinantes esos tópicos él siempre se pintó solo. Ya se había deshecho de cada uno de sus personajes. Para cuando llegó The Next Day, ya solamente quedaba Bowie, la primera de sus encarnaciones. Y él nos ayudó a decirle adiós.

¿Quienes son los hijos de David Bowie? Los más evidentes son los que estamos viendo: artistas de todas las tallas, colores y estilos hablando de su influencia o subiendo alguna foto que se tomaron con él, agradeciendo su vocación de brújula artística. ¿Los demás? Somos nosotros: Tú, yo, que estamos escuchando sin hartarnos cada uno de sus temas aunque lo hayamos escuchado también ayer y lo escuchemos mañana. Somos estetas educados por un hombre con un rayo pintado en la cara. No importa que solamente conozcas una parte de su carrera: él ya se cruzó en tu camino. Y a pesar de las dudas con las que nos deja, pronto vamos a saber en dónde estamos parados. Ojalá no me tarde mucho en descubrir que me escribió en aquel papel que me puso dentro de la lonchera.

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