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Encuadernando a humanos

El mes pasado, la universidad de Harvard revelo la historia macabra de uno de sus más preciados libros. En los 1880’s Des Destinees des Ames (Los destinos del alma) fue encuadernado con cutis de una paciente mental, que murió de causas naturales, por el Dr. Ludovic Bouland. El doctor se opuso a imprimir el titulo sobre el pergamino “para preservar su elegancia”.

Por más asombroso que parezca ser, el libro es lejos de ser único. La técnica, conocida como bibliopegia antropodérmica, fue bastante común en el siglo XIX, aunque el primer ejemplo data a una biblia francesa del siglo XIII. La práctica fue particularmente popular con textos anatómicos y procesos judiciales, que se empastaban con la dermis de los condenados.

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Uno de los pocos ejemplares en Inglaterra esta hecho con la piel del primer hombre ha ser colgado en la cárcel de la ciudad de Bristol. El libro detalla como John Horwood, de 18 años, lanzo una piedra a su ex-amante Eliza Balsum pegándole en la sien. La herida no fue grave, sin embargo al ser tratado en el hospital se infecto, la joven murió y la corte declaro al joven culpable de asesinato. Después de su ejecución, el cuerpo de Horwood fue disecado en una lectura publica y su piel curtida, para forrar el libro cuya portada detalla Cutis Vera Johannis Horwood (la piel verdadera de John Horwood). Poco después, la donación de piel para libros entre criminales se convirtió en una moda. 

En 2010, el esqueleto de Horwood fue descubierto colgando en un armario por Mary Halliwell, quien organizó el funeral para quien fue el hermano del papá de su tatarabuelo. La ceremonia tuvo lugar 190 años más tarde, exactamente a la misma hora en la que murió en la horca. 

Otro de los ejemplos más famosos de la bibliopegia antropodérmica es “El hombre de la autovía: la vida narrativa de James Allen alias George Walton”, un libro en el que el autor vive dentro y fuera de las páginas. Es la autobiografía de Walton, quién, al ser condenado a muerte, pidió tener su libro cubierto de si mismo y regalado al hombre que se defendió alguna vez cuando Walton lo ataco.

Lo siniestro a esta técnica sin embargo, no le gana al reclamo (no confirmado) de que Ilse Koch “La Bruja de Buchenwald”, hizo lámparas de piel judía.

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