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Nrmal: dentro y fuera del ruido

Fotos por : Chachis Arely y Omstart

Creo que todos los festivales están hechos de una mezcla de momentos incómodos e insufribles con otros mucho más gratos y en ocasiones increíbles. Me he convencido de que Nrmal es el mejor festival de la ciudad en la actualidad porque tiene más de los segundos y menos de los primeros, y sobre todo, porque esos momentos están protagonizados por la música.

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Llegamos temprano para ver a Haciendo El Mal, pero cancelaron su presentación por motivos personales. Al darnos una vuelta encontramos a (Sic), y ahí quedó claro que muchas de las propuestas del festival iban a ser bastante arriesgadas. ¿Es noise? ¿Es post-metal lo que toca ese dueto? Quizá solamente sea el sonido de la catarsis pura, esa que brutalmente se imponía y desentonaba con la cerveza artesanal, las gafas oscuras y los tatuajes bonitos. Reclamaron la atención de los asistentes y la obtuvieron a base de una propuesta tan visceral como intrincada, haciendo uso de sus recursos de la manera más directa posible. Fuimos después a ver a Coiffeur, que recetó su synthpop fino y artsy. Entallado en unos shorts amarillos y con un formato discreto (guitarra, sinte, laptop y acompañado de percusión) hizo gala de cierta coquetería que también tuvo su lado oscuro y críptico en temas como “Oxígeno” o “Nudo”.

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La siguiente parada fue con Low. El día se estaba derritiendo lentamente y creo que fueron la banda con el timing más apropiado de todo el cartel. Sus guitarras delicadas y los detalles electrónicos jugaban a abrir un espacio muy parecido al que existe entre una inhalación y un susurro. Entre melancolía en cámara lenta y canciones tan suaves como el viento que sopló la tarde del sábado, se ganaron a toda la audiencia, ellos, el trío de Minnesotta.

Los Pirañas, un trío de alocados de los cuales no tenía ni idea (pero que el buen Peach Melba no dudó en recomendarme), provocaron algo sabroso con su sección rítmica, que se sentía cercana por ser nosotros un público latinoamericano al fin y al cabo, pero por otro lado las guitarras ofrecieron un ingrediente extra, rabioso pero alegre.

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El retorno al escenario amarillo para ver a Kreidler fue necesario porque nos perdimos de su aparición en el Goethe Institut, y porque la última refrencia que tenía de ellos era de hace más de diez años (el Eve Future Recall de 2004). La sorpresa fue encontrármelos menos etéreos y más krautrockeros. Batería impecable y sonidos límpios y estirados. Pulcritud alemana la de ellos, que tendría su antítesis en Föllakzoid. Los chilenos aparecieron de la oscuridad como si salieran de un pantano brumoso. Lo suyo no es la psicodelia de las buenas vibraciones. Lo suyo es sacrificar la melodía para reverberar hasta alcanzar un trance que casi casi nos dejó en estado catátonico. Así de fuerte fue la impresión con Föllakzoid.

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El día ya se estaba acabando pero faltaban un par de cosas buenas. En el escenario rojo, vestido como personaje de una novela de Mark Twain llegó Bradford Cox encabezando a Deerhunter. La banda de Atlanta se mostró poco complaciente en su setlist, pero lo ejecutaron de manera excelsa y la gente respondió de maravilla. El jam al final de Nothing Ever Happened fue electrizante y abrío nuestras cabezas para cuando A Place to Bury Strangers ocupó el escenario de al lado. Era como si Deerhunter nos hubiera drogado y APTBS fuera el encargado de acomodarnos una madriza. El ambiente era sofocante pero se disfrutaba, como el ahogado que consigue disfrutar una bocanada de aire para volverse a sumergir. Estrobos, guitarras rotas, puro apocalípsis sonoro. Estábamos agotados y para nosotros ahí terminó el primer día.

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El segundo día llegamos justo a tiempo para ver a The Body en el escenario azul. Desgarrador, contundente y filoso también. Con una manta sobre la batería que rezaba “Everything dies” brindaron un set que terminó por teñir la tarde con un pinche ruido verdaderamente infernal (y ojo, es un cumplido). Más tarde, llegó uno de mis highlights del festival: el señor Mark Fell. De aspecto bonachón, Fell nos tomó de la cabeza y nos zarandeó con sus habilidades en los click n’ cuts, parecía que nos retaba a bailar con los sonidos que iba procesando. Al final, cuando nos vomitó del tobogán de glitches, parecía que su actuación había durado muy poco.

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El que sí coqueteó con la pista de baile desde el principio fue la mitad de Fuck Buttons, Blanck Mass, una más de las propuestas que Nrmal extrajo del sello Sacred Bones Records. Techno que parecía audio de un VHS, totalmente una propuesta distinta a lo que hace en FB y que dejó una huella entre loa asistentes quienes bailaron entre guiños a los años 90’s. Por si la tarde no estaba ya muy teñida de atmósferas retro, le siguió el dreampop de Jaakko Eino Kalevi. Elegante, suave y hasta carilindo, el vato parecía hijo de los weyes de Spandau Ballet. Saxofones, atardecer, la escena estaba más que completa.

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En el escenario amarillo Pierre Bastien se dejó caer como bomba con un performance inesperado. Una carta muy arriesgada aportar por un acto de arte sonoro, pero el parisino salió bien librado del reto. La gente acogió la propuesta de su música mecánica, llena de improvisación, visuales y un toque de jazz retrofuturista y simpático.

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Antes de ver a Battles alcanzamos a bailar con Fatima Al Qadiri y su set de trap, hip-hop y cuantamadre. Aún me quedo con mis dudas ¿Este tipo de actos hacen que su propuesta se sienta menos artsy o todo lo contrario?. Quizá lo importante es que la gente se mantuvo en movimiento todo el tiempo con ella. Por su parte, Ian Williams, John Stanier y Dave Konopka no pudieron estar más cabrones. Ese math rock que predican es tan cerebral como intenso. Brincaron, gritaron, hicieron acrobáticas figuras con sus instrumentos y llenaron el lugar con loops y sonidos tormentosos pero deliciosos. Incluso se tomaron el tiempo para dedicarnos un “Fuck You Donald Trump” y dejarnos como gelatina.

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Slowdive era la siguiente parada en una noche que ya se estaba cerrando. Congregaron a casi toda la gente en el escenario azul. Y aunque al principio parecían desangelados y débiles, se debió más bien a algunos erroes en la sonorización que se resolvieron pronto, justo a tiempo para que pudieran remontar y darle a la gente lo que pedía: reverberación, melancolía, lágrimas y “Crazy For You”. Rachel Goswell sigue sonriendo en donde quiera que se encuentre en estos momentos.

El agotamiento era evidente pero Acid Mothers Temple era la última parada obligada. “Pinches japoneses locos”, pensé, por ellos y por todos los japoneses que han seguido el sendero marcado por estos señores de larga cabellera, que son una leyenda que reniega de su estatus legendario para poder seguir haciendo música. Uno de los actos que más agradezco, uno que me dejó sin adjetivos  para describir su calidad y lo que me provocaron anímicamente.

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Es cierto, Nrmal no se reduce a los actos musicales que se presenciaron esos dos días. Previamente se organizaron eventos para que la gente pudiera conocer a los artistas y organizadores del festival, en una dinámica que nunca se había presenciado en nuestra ciudad (al menos dentro del circuito festivalero). Dentro del marco de ese fin de semana en el Deportivo Lomas Altas también hubo cabida para proyecciones cinematográficas y un proyecto llamado Cocina Central. Con esto queda claro que el festival arriesga para ser incluyente en más de un sentido. Yo por mi parte iba exclusivamente por la música y no quedé decepcionado.

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